Vivir (Ikiru, 1952) de Akira Kurosawa.

“¿Y si en realidad toda mi vida, mi vida consciente, no ha sido como habría debido ser?”
(La muerte de Iván Ilich, Lev Tolstói)

Tras pasar los últimos treinta años de su vida enfrascado en el ejercicio de su monótono trabajo como funcionario municipal, el señor Kenji Watanabe (Takashi Shimura), aquejado de cáncer de estómago, debe afrontar ahora la recta final de su existencia.


Con este inolvidable tratado humanista de reminiscencias tolstoianas (La muerte de Iván Ilich, 1886), Akira Kurosawa firma una de sus grandes obras maestras. Una película melancólica y entrañable, en la que el autor de Los siete samuráis reflexiona sobre temas universales como la muerte, el sentido de la vida y su carácter efímero. Además, arremete contra el parasitismo, el escaso celo profesional y la poca productividad de la clase burócrata nipona. Sin duda, uno de los mejores filmes de todos los tiempos.


La obra se inicia con un primer plano de la radiografía de un estómago. Un narrador extradiegético nos informa de que dicha placa de rayos X pertenece al protagonista de la historia, que padece cáncer, aunque él todavía no lo sabe. A continuación, el narrador presenta al personaje en cuestión: el señor Watanabe, quien, como cada día de los últimos treinta años de su insustancial existencia, está sentado tras un viejo escritorio, inmerso en su rutinario quehacer y rodeado de montañas de expedientes. Es el jefe de la Sección de Ciudadanos. Una persona aburrida, inerte, prácticamente desahuciada. Un “cadáver” al que la vida se le ha ido escapando sin siquiera darse cuenta. Está condenado a muerte, algo que confirma después de acudir al hospital y hablar con el médico. ¿Y ahora qué? Se pregunta aturdido. Un primer impulso lo lleva a derrochar sus ahorros en una noche de juerga, acompañado de un mefistofélico escritor de novelas baratas con el que se topa en un establecimiento de sake. Tiene prisa por vivir todo aquello que hasta entonces no ha vivido. Pero no, no encuentra lo que busca. Un segundo impulso lo conduce a salir con una compañera de trabajo mucho más joven que él, llena de la vida y la alegría que a él le faltan, pero tampoco halla lo que busca. ¿Y qué es aquello que busca nuestro protagonista? Un consuelo. La justificación a toda una vida. Lo mismo que el magistrado Iván Ilich buscaba en la novela de Tolstói. Lo mismo que, tarde o temprano, buscaremos todos y cada uno de nosotros. El señor Watanabe hallará ese consuelo, esa justificación, involucrándose muy activamente en la construcción de un parque infantil sobre una zona de aguas fecales.


Ikiru posee una audaz estructura narrativa con dos partes claramente diferenciadas. Algo más de la primera mitad del metraje supone una narración objetiva de los acontecimientos, punteada en ocasiones por la voz en off del narrador extradiegético. Mientras que la segunda mitad, desarrollada en su totalidad durante el velorio del personaje principal, ya fallecido, es una narración subjetiva de los hechos protagonizados por éste a partir a de diversos flashbacks de los asistentes a la celebración. Se pasa, por tanto, de un punto de vista único y omnisciente, el del narrador en tercera persona, a varios puntos de vista, los de los compañeros de trabajo del señor Watanabe.

Dos escenas para el recuerdo. La de la triste canción entonada por el protagonista en medio de una fiesta nocturna en un cabaret, amarga exaltación de la locución latina Carpe diem: “La vida es corta. Enamórate, muchacha, antes de que el rojo de los labios desaparezca, antes de que la pasión se enfríe. No tendrás nunca asegurada la vida mañana. La vida es corta. Enamórate, muchacha, antes de que el color negro del pelo pierda su fuerza, antes de que la llama del corazón se apague. No volverá a repetirse nunca el día de hoy”. Y, por supuesto, la del balanceo de Watanabe en un columpio la misma noche de su muerte, entonando de nuevo la citada canción, mientras la nieve cae a su alrededor.


6 comentarios:

  1. Me encanta este espacio. Un trabajo precioso el que haces. Gracias.

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    1. Trabajo que no siempre se reconoce. Por eso agradezco enormemente lo que dices.

      Un cordial saludo.

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  2. Buenas. La película sería perfecta si no fuera por la excesiva duración que tiene la escena del funeral. Hasta ese momento me estaba encantando,me estaba pareciendo una de las mejores película que había visto, pero me acabó cansando un poco eso. De todas maneras, un peliculón. Una pregunta Ricardo, ¿ Cuál es el film de Kurosawa que más te gusta?. Saludos

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    1. Me pasó lo mismo que a ti, Cristina, la primera vez que vi 'Ikiru'. Toda la parte del velatorio me resultó larga y pesada. Los siguientes visionados me hicieron ver que estaba equivocado.
      Me haces una pregunta muy difícil... pero te diría 'Trono de sangre'.

      Un saludo.

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  3. Entrañable reseña Ricardo. Me quedo con tu frase: "Sin duda uno de los mejores filmes de todos los tiempos." LLegué con reservas a Ikiru porque el tema me hacía sospechar que dos horas y media eran excesivos para el mismo. Pero me he visto gratamente sorprendido con un cine impecable: combinación asombrosa de planos medios y primeros planos con un sentido del timing impresionante. Actuaciones de primerísimo nivel. Un guión por demás ajustado y profundo sin caer nunca en la sensiblería. Y, algo que hasta ahora no había notado en el cine de Kurosawa y que tan famoso hizo a Hitchcock, algunos toques de humor cuando se entabla la relación con la compañera de trabajo más joven, que dan un color especial a una película que trata un tema tan duro. En fin, una vez más, plena coincidencia contigo y agradecimiento por la dedicación a este espacio que tanto nos hace disfrutar a los que amamos el cine como no cabe duda que te pasa a ti. Saludos desde Argentina.

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    1. Hola Marcos,
      Como bien apuntas, uno de los grandes aciertos de Kurosawa en 'Ikiru' es su sabia combinación de drama y humor. El maestro japonés en todo su esplendor.

      Un saludo para la hermana Argentina.

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